EL DESAFÍO DE LA IGLESIA DOMÉSTICA

Reflexiones en torno a la educación en la fe en tiempo de pandemia y de templos cerrados

María Irene Nesi fma

María Irene Nesi fma


La llegada de la pandemia nos encontró a todos haciendo cualquier cosa que considerábamos importante, sin pensar en la gravedad de lo que acontecía y las tremendas consecuencias que vendrían sobre la cotidianeidad.

En esta afirmación está incluida la Iglesia institución, como gustan llamarla algunos para dirigirse a obispos y sacerdotes. También a ellos los tomó desprevenidos. Ya el domingo 16 de marzo, algunos alcaldes y gobernadores celosos de su autoridad mandaron cerrar algunos templos, luego los obispos asumieron esta responsabilidad pensando en una medida transitoria… y lo que se creyó que duraría dos semanas, pasa de doce semanas…

Se activaron las redes… comenzaron los grupos de chat en todos los medios disponibles para comunicarse. Los padres se preguntan cuándo recibirán los sacramentos sus hijos. En las escuelas, sobre todo en las católicas, los maestros pensaron como continuar con la ERE o algunos hasta con la catequesis. Entonces a crear actividades on line para suplir los encuentros y además, como con las otras tareas escolares, implicar a la familia.
Entonces se volvió a una imagen, conocida pero a la vez descuidada: familia Iglesia doméstica. Sí, ante el cierre de los lugares de culto, se invitó a recordar que cada familia es-está llamada a ser Iglesia doméstica. Entonces la creatividad se volcó a elaborar no solo actividades sino a proponer altarcitos domésticos, oraciones en familia, lecturas bíblicas comentada para las familias… como si quinientos años de historia no hubieran pasado y el régimen de cristiandad que trajo España con la colonia siguiera vigente y lo único que haría falta es proveer de recursos para que la familia asuma su identidad cristiana.

Pero hay una realidad que se sigue ignorando: en el pueblo quedan elementos de piedad (religiosidad) popular que se van ritualizando cada vez más perdiendo su contenido cristiano para quedar en la forma y la imagen. La descristianización progresiva que viene afectando a toda América Latina en distinto grado, de forma ineludible afecta profundamente a nuestro país, unida al pluralismo religioso y la conciencia de la privatización de lo religioso cada vez más desvinculado de lo confesional institucional. De forma contundente afirma el texto de Aparecida: tenemos un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable. (DA 286).

En este contexto, resuenan claras las reiteradas llamadas del papa Francisco: hoy necesitamos una Iglesia en salida misionera, llamada también para quien en la educación vive su compromiso de discípulo misionero. Aunque larga, la cita del texto nos describe la llamada cada día más ineludible a esta salida, y en tiempo de desinstalación de las estructuras conocidas, es más que pertinente:

No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente. (DA 548)

Se abre un nuevo panorama con nuevas preguntas y las respuestas requieren de la misma novedad que la situación. Se ha acusado demasiadas veces a la Iglesia de ofrecer respuestas incomprensibles a preguntas que ya nadie se hace. Este receso obligatorio obliga, no solo a empezar a producir mensajes con todos los recursos de las nuevas tecnologías, sino a escuchar el clamor callado que brota del corazón de hombres y mujeres que perdieron el sentido, totalmente desarraigados y desalojados de su propia interioridad.

Ahora se puede plantear el problema que hoy está desafiando la acción evangelizadora de la Iglesia: cómo llegar a la familia para que viva su vocación de Iglesia doméstica: este fenómeno nos interpela profundamente a imaginar y organizar nuevas formas de acercamiento a ellos para ayudarles a valorar el sentido de la vida sacramental, de la participación comunitaria y del compromiso ciudadano. Tenemos un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana débil y vulnerable. (DA 286)

La conciencia misionera que se renueva en este tiempo, ha de llevar a buscar caminos de primer anuncio, de proclamación kerigmática, ya que la manera actual de educación en la fe y el crecimiento en la vivencia cristiana, no dan los resultados esperados: O educamos en la fe, poniendo realmente en contacto con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o no cumpliremos nuestra misión evangelizadora. (DA 287)
Es necesario descubrir el sentido profundo del anuncio misionero y kerigmático, no solo a nivel de persona a persona, sino de la familia también, si de veras se la quiere convocar a su misión derivada de los sacramentos celebrados, ser Iglesia doméstica.

PARA LA REFLEXIÓN:
¿Cómo responder al clamor de las familias que han perdido el sentido cristiano de la vida y se encuentran impotentes ante los retos de educar a sus hijos en la fe y en humanidad?
¿Qué puede ofrecer el educador que asume su vocación de discípulo misionero para dar sentido y respuesta a la necesidad de Dios en la vida?

Caracas 01 de junio de 2020